Nuestra vida es un andar que deja huellas. También es un andar que deja marcas.
Constituye, además, una influencia que alcanza a todos los
que nos rodean.
Nuestra vida misma es una influencia, que afectará otras
vidas. Depende de nosotros que dicha influencia sea buena, noble y digna.
Dondequiera que vamos, dondequiera que estemos,
influenciamos, ya sea con nuestras palabras o nuestros silencios. En el trabajo
o el hogar, en la escuela o el gimnasio, en la iglesia, en el club, en un café
o en la calle.
Hay una historia personal que escribimos cada día. Con
aciertos y desaciertos, creciendo y madurando. Así determinamos nuestro rumbo,
vamos dejando huellas y una marca que puede convertirse en un legado.
Cuando entregamos nuestra vida a Dios para hacer lo que a Él
le agrada, Él nos guía para cumplir sus propósitos. Dejemos que Él nos dirija, y
nos transforme en bendición para otros. Ése será el mejor legado, indeleble y
perdurable: el que Dios preparó de antemano. Un legado que acerque a los
hombres a Dios y les hable de su amor eterno. Que revele el amor de Dios a los
que están lejos y a los que están cerca.
Si esa es la marca de nuestra vida, si esa es la huella que
dejamos, si esa es la influencia que bendice podremos estar seguros que será el
mejor legado para las siguientes generaciones.