lunes, 13 de marzo de 2017

Estamos seguros

¿Quién puede estar seguro en un mundo lleno de inseguridad? En un tiempo de tanta violencia y falta de humanidad, ¿quién puede vivir en paz y sin temor?... Para muchos la respuesta es "Nadie". “Nadie que esté en su sano juicio.” Sin embargo, quienes confiamos en Dios tenemos la seguridad de que Dios cumple sus promesas. Lo sabemos. Y muchas de las promesas que nos ha dejado se refieren a la seguridad, al vivir seguros y al vivir en paz. El Dios que nos creó sabe que necesitamos su ayuda y nos dejó de antemano promesas que nos alientan y tranquilizan. Eso nos da una  inefable seguridad y un fuerte consuelo.
 
Él prometió estar con nosotros siempre. Prometió ayudarnos. Prometió ser nuestra defensa y nuestro escudo. Nuestro refugio es Él. Nuestro sustentador y protector. Nos prometió su compañía y una vida abundante y vida eterna. ¡Sabemos que Él siempre cumple sus promesas!  

¿Hasta ahora anduviste por caminos lejos de Dios, hiciste todo mal, dudaste de su amor, no le creíste? Si te arrepentís de todo eso y confiás en su amor, Él te perdona como un Padre amoroso perdona a su hijo que se equivoca. Te animo a confiar. Todavía estás a tiempo de vivir una vida diferente sin temor. ¡Aunque parezca que en el mundo esté casi todo mal! Dios es bueno. Incontable número de personas, millones y millones en todo el mundo,  ¡lo sabemos!

 No te sientas excluído: esas promesas son para todo el que acepte creer y recibirlas. Dios será tu Padre Bueno y vos podrás ser su hijo.  Creé que Jesucristo es el Hijo de Dios y recibilo como Señor y Salvador. Él murió en la cruz y resucitó para darnos vidas con propósito y vida eterna. Su amor nos libera de todo temor. Hablá con Dios. Él te ama como nadie. ¡Y nunca falla!

lunes, 20 de febrero de 2017

Fragilidad y fuerza

No nos gusta ser frágiles ni vulnerables. Quisiéramos ser tan fuertes que nada nos dañe. Pero somos así: vulnerables. Si sufrimos un corte, sangramos. Depende de la herida, pero hasta podríamos morir si no obtuviéramos ayuda. Si chocamos con algo fuertemente, o tenemos una caída, hasta los huesos pueden astillarse o quebrarse. Los músculos y tendones también pueden herirse aunque tienen fuerza y resistencia. Nuestro cuerpo sigue siendo frágil aunque pueda hacer proezas deportivas o de fuerza. Cada partícula de nuestro ser nos recuerda que somos “finitos” y “mortales”. Y aunque todos quisiéramos no serlo, tiene un propósito: volver nuestro corazón a Aquel que es infinito, eterno y Todopoderoso: el Dios que nos ama y nos sustenta.

Nuestra condición de mortales hace posible la empatía, la compasión. Podemos poner en práctica el amor por el prójimo, la misericordia, la generosidad, el trabajo en grupo, y tantas cosas más. Nos ayuda a dejar de pensar en lo material para enfocarnos en las personas. Disminuye nuestro egoísmo para pensar en los demás. Si fuéramos fuertes e invulnerables, seguramente seríamos pedantes, autosuficientes, egoístas y orgullosos. Así es la naturaleza humana. Nuestra finitud pone límite a nuestra arrogancia.
¿Alguna vez pensaste qué actitudes tendrías si no tuvieras tantas “limitaciones”? Quizás muchas serían diferentes a las actuales. ¡Por algo Dios nos pide quee seamos como niños! Tan humildes, dependientes, conscientes de las limitaciones, necesitados de ayuda y de “otro”. Dios es sabio y nos ama tanto que ha querido librarnos de muchos males. Siempre anhela tenernos cerca para cuidarnos y enseñarnos todas las cosas. Basta solamente con que le creamos y dependamos de Él. 
 
Somos realmente fuertes cuando reconocemos que somos frágiles, que sin su ayuda no podríamos vivir. En eso radica toda la fuerza, el vigor, el tesón, la perseverancia, la “resiliencia” que necesitamos para toda circunstancia.
Confiemos en Dios. Él nos da incluso sabiduría, amor, fortaleza, alegría y todo lo que nos falte. Dependamos de su amor y de su poder. Él es bueno y siempre fiel.

lunes, 9 de enero de 2017

Pacificadores

En un mundo que parece cada vez más violento, los pacificadores pueden parecer seres de otro siglo. Sin embargo, hay una riqueza oculta en ser un pacificador: eso trae gozo a tu vida y a la vida de otros.
Un pacificador hace todo por traer paz en cualquier situación adversa. Hará más que lo posible por terminar conflictos y enfrentamientos. Con diálogo, sin negociar valores ni transigir al pecado, pero procurando acuerdos. El pacificador propiciará un ambiente de serenidad para la reflexión y una toma de decisiones consciente y no emocional o pasional. 
 
La mansedumbre es un regalo de Dios. El carácter pacífico y manso, fuerte en su firme tranquilidad, es resultado de un proceso que nos enseña a valorar la belleza de la paz  
Los pacificadores son seres "mansos", llenos de mansedumbre. Una característica especial que nos hace lentos para enojarnos y a la vez fortalece nuestro carácter para no ser esclavo de las emociones.
  
Busquemos la paz, y busquemos ser pacificadores. Que cuando lleguen los conflictos nos encuentren bien parados en nuestra certeza: es mejor la paz, siempre.

La Biblia dice que Dios es nuestra paz, y que Él nos da su paz, esa paz que es verdadera y duradera. 
Hablemos con Dios, como con un amigo, y permitamos que Él nos enseñe, porque Él es Dios de paz.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Semejantes

Se acerca fin de año y empezamos a hacer balances, en todo sentido y en muchas áreas. Solemos evaluar nuestras metas alcanzadas, los proyectos cumplidos. Sin embargo, es importante evaluar nuestra vida interior, espiritual, trascendente. Examinarnos con una instrospección sincera. Anhelamos ser mejores personas; más semejantes a Jesús. ¡Esa es la meta ineludible y proseguimos! 

Queremos ser más como Vos, Señor. Más semejante a Vos. Al menos, imitar tu corazón inigualable, tu ternura, tu compasión. Tener la sonrisa espontánea. Dar los abrazos que sanan. Tener las palabras justas. Tener el amor que rebosa y salpica; ese amor que echa fuera el temor.  Ese amor de Dios que ahuyenta hasta miedos ajenos. Amor que acepta. Que recibe y transforma. Amor que redime y da vida. Es una meta que no acaba acá en esta tierra; lo sé. Pero, al menos, un poco más cada día, quiero parecerme más a Vos.

Cuando vemos la realidad que nos rodea, muchos deseamos ser más como Vos, para poder llevar vida, alivio, salud y paz. Para mitigar dolores y cambiar circunstancias. Para que todos sepan que hay salida.

En este último mes del año, quiero ver lo que todavía tengo que cambiar. Ayudame, Señor, con ese cambio interno que solamente Vos podés hacer. El mundo te necesita. Nosotros, tu Iglesia, te necesitamos. Porque parte de nuestra misión es, también, ser más como Vos, para que muchos puedan conocerte. Ayudanos ser apasionados por crecer continuamente, por vivir con Vos y para Vos. Amando, viviendo conforme a tu Palabra, haciendo tu voluntad. Valdrá la pena todo lo vivido, si al final del año te conocemos más, ¡y nos parecemos más! 

lunes, 14 de noviembre de 2016

La bondad de ustedes

¿Alguna vez pensaste en lo hermoso que es ser bueno? La bondad y la hermosura van juntas. Porque la bondad embellece el alma pero también el rostro, la persona. Es una hermosura que no está sujeta a estándares humanos ni se limita a raza, estrato social ni a ninguna condición preestablecida. Hay una belleza implícita, inherente a la bondad. Lo bueno es hermoso. Y lo es con una hermosura que trasciende lo físico y lo material. Lo bueno proviene de Dios. 

Dios nos dice, en la Biblia, que seamos bondadosos, que hagamos el bien. ¡Porque Él es así!
"Vuestra bondad sea conocida de todos los hombres". Así lo dice la versión LBLA (La Biblia de las Américas). Nos pide que seamos bondadosos, pero también que nuestra bondad sea evidente a todos.
¿Será que quiere que nos enorgullezcamos mostrando lo bueno que somos"? No. Todo lo bueno viene de Dios. Cuando la bondad es evidente en nosotros simplemente estamos mostrando que no es nuestra; ¡que Dios existe y esa bondad es suya!

Hagamos el bien. Cuando lo hacemos, recibimos de Dios el regalo del gozo y la alegría.


lunes, 17 de octubre de 2016

Corazón nuevo

Todos sabemos lo que significa plenamente la frase: “¿Por qué no me callé?”  Esa frustración de haber dicho lo que no debíamos es bien conocida por todo ser humano. ¿Qué hacer para frenar ese impulso de hablar cuando no debemos? La respuesta es: Pedir ayuda a Dios. Porque la Biblia dice que ningún hombre puede "domar la lengua" (Stg. 3:8). Para tener dominio sobre la propia lengua tenemos que permitir que Dios mismo la domine por el accionar de su Espíritu que vive en nosotros.
 
Dios es bueno, y no sólo nos promete su ayuda sino también un nuevo corazón, ¡de manera que las palabras también cambien! Lo que hablamos procede del corazón. Un corazón transformado producirá un “hablar transformado”. ¡Hay esperanza para nosotros! El problema no reside tanto en la lengua misma, sino en nuestro corazón, porque “de la abundancia del corazón habla la boca”.  Pidamos a Dios que nos dé un corazón nuevo, cada día más transformado, para que nuestras  palabras edifiquen en vez de destruir; bendigan y no maldigan.  ¡ Dios nos ayudará! Él lo hará.
 
Dice la Biblia: “La lengua de los sabios es medicina” (Pr. 12:18b). Solamente Dios puede darnos una lengua sabia. Él es el único que puede darnos un nuevo corazón que producirá un nuevo hablar y una vida nueva. ¡Qué maravilloso es saber que nuestras palabras pueden ser una medicina que sane a otros, que ayude, que consuele, que aliente! No lo dudemos. Pidamos a Dios todos los días: “Dame un corazón limpio”. ¡A Él le encanta responder esas oraciones! y juntamente con eso nos dará sabiduría y prudencia.     

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Descanso

Las exigencias diarias pueden llegar a abrumarnos. La sociedad actual nos mueve a un ritmo más que frenético y lo asumimos como normal. Qué bien nos hace recordar las palabras de Jesús que nos invitan a detenernos y pasar tiempo con Él. Seguramente, lo primero que nos viene a la mente es lo difícil que se nos hace, que no tenemos tiempo. Pero no siempre es necesario "dormir menos" para orar; a veces es cuestión de ordenar los tiempos y establecer las prioridades. Tal vez tengamos que esforzarnos en aprovechar mejor el tiempo y colocar como prioridad el pasar tiempo con Dios.
Me encanta recordar que la oración no es un mero "capricho de Dios". La oración nos frena esa rutina imparable de actividades y da lugar a que Dios "haga" en nosotros esa transformación interior que necesitamos. La oración también es entregar tiempo, nuestra vida, a Dios para permitirle su intervención. Y al hacerlo Él nos da descanso.

¿Has pensado, como yo muchas veces, que necesitás que Dios transforme tu vida de manera urgente? ¿Has pensado que no sabés cómo seguir adelante si Dios no hace algo en vos primero?  Dios lo sabe y está esperando que vayamos a Él, simplemente, en oración. Es un desafío tan importante que vale la pena considerarlo como tal.

Si es necesario, empecemos de a poco, quizás con unos minutos, y si anhelamos su presencia, Él hará lo que te parece imposible: tener tiempo a diario con Dios. Aceptemos el desafío. Descubriremos maravillas y sobre todo esa dicha incomparable de experimentar la compañía de nuestro Dios en todo momento. No solo tendremos descanso sino satisfacción para el alma, paz, nuevas fuerzas y un gozo renovado.

 "Dijo Jesús: Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso.  Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma." Mateo 11: 28-29, NTV.